La mayoría de las marcas no llegan a Ekko con un problema de diseño. Llegan con un problema de voz: saben que quieren decir algo, pero no cómo. Se ven apagadas, genéricas, iguales a todas las demás. Y ahí es donde empieza nuestro trabajo.
El primer paso nunca es abrir el editor. Es escuchar. Preguntamos, incomodamos, buscamos eso que la marca quiere gritar pero todavía no encuentra cómo. Recién cuando entendemos qué quiere resonar, empezamos a diseñar.
Después viene el caos ordenado: bocetos, pruebas, caminos que descartamos, colores que estallan y otros que apagamos. No todo lo que hacemos ruidoso queda ruidoso. A veces la identidad más fuerte es la más simple. La clave no es el volumen, es la intención.
Cuando terminamos, la marca no solo se ve distinta. Suena distinta. Y eso es lo que hace que la recuerden.
