Rugido llegó con un café bárbaro y una marca que no se lo bancaba. Se veía tibia, prolijita, igual a las otras tres de la cuadra. Le faltaba lo que le sobraba a su producto: carácter.
Le construimos una identidad de cero. Un nombre que ya venía fuerte y un sistema visual a la altura: tipografía compacta y contundente, una paleta que choca en vez de acompañar, y un isotipo con puntas que se clavan. Nada liso, nada perfecto.
El resultado no es un café más con logo lindo. Es una marca que se planta en la góndola y en la vereda, y que se te queda pegada después de la primera taza.
El ruido se apaga. El sabor y la huella permanecen.
